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Inteligencia colectiva en tiempos de fragmentación: entre redes, saberes y escucha

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En un mundo cada vez más interconectado, y paradójicamente, más fragmentado y parcializado, donde parece que, en medio de tanta información que circula estamos saturados y nos escuchamos cada vez menos los unos a los otros, el concepto de Inteligencia Colectiva se presenta como una herramienta analítica y una apuesta práctica fundamental para comprender y fortalecer los procesos sociales y organizacionales.

Desde la sociología de las organizaciones, la antropología y los estudios de la comunicación, diversos autores han propuesto enfoques que permiten pensar cómo las capacidades cognitivas, creativas y resolutivas emergen de los grupos humanos cuando se propician entornos colaborativos. En este artículo, hemos querido resaltar algunos aportes teóricos que nos ayudan a definir este concepto, ya que la base de nuestra acción en FACTOR ORG se fundamenta en la necesidad de rescatar esta inteligencia, permitir que emerja en las organizaciones y utilizarla como herramienta para la solución de problemas y la optimización de recursos.

1. Aportes teóricos para la aproximación de la Inteligencia Colectiva

Manuel Castells, sociólogo español de referencia en el análisis de la era digital, introduce el concepto de “sociedad red” para describir un nuevo paradigma social basado en las tecnologías de la información. En su trilogía La era de la información (1999), Castells argumenta que las redes constituyen la nueva forma dominante de organización social, donde el conocimiento se produce y circula de forma distribuida. La inteligencia colectiva, en este marco, no es solo posible sino necesaria: surge de la interacción descentralizada entre actores conectados por flujos de información. Castells destaca que estas redes pueden ser más eficientes que las estructuras jerárquicas tradicionales, en tanto permiten mayor flexibilidad, inclusión y adaptabilidad.

Tan solo 25 años después de estas teorías, podemos ver el resultado: a pesar de que la información se comparte y circula, con mayor fluidez y velocidad, la superficialidad que caracteriza estos nuevos intercambios no permite asentar un conocimiento, opinión o posturas sólidas que contribuya a la transformación social. Un ejemplo dramático es el poco impacto que tienen las manifestaciones en redes sociales frente a horrores como las recientes guerras en Gaza y Ucrania. Mientras aparecen diariamente movimientos de rechazo, pasan tan rápido como aparecen, sin generar ningún impacto estructural. Paradójicamente, a medida que se difunde más la información, democratizando el conocimiento, este es más fluido, efímero e incierto, ya que desconocemos la fiabilidad de lo que circula, lo que dificulta su apropiación colectiva y nos quedamos solo con ideas superficiales de realidades parciales y subjetivas.

Dentro de estas perspectivas contemporáneas, quizás la mirada más micro y sistémica la aporta Bruno Latour, desde la teoría del actor-red. En su obra Reensamblar lo social (2005), Latour sostiene que el conocimiento y la acción no pueden atribuirse a sujetos individuales o estructuras estables, sino que emergen de ensamblajes heterogéneos de actores humanos y no humanos (tecnologías, normas, objetos, instituciones). Esta perspectiva descentra la noción tradicional de agencia, al mostrar que ninguna entidad actúa sola: todo acto de conocimiento es el resultado de una red de interacciones.

Latour insiste en que el conocimiento no se produce en un vacío ni es propiedad de expertos aislados, sino que emerge en la práctica, a través de la interacción continua y negociada entre múltiples actores. En este sentido, otorga gran valor al conocimiento generado en contextos sociales reales, donde diferentes colectivos —como asociaciones barriales, ONGs, comunidades técnicas, instituciones educativas o redes informales— participan conjuntamente en la construcción de sentido y acción. Para Latour lo importante no es tanto identificar “quién sabe” sino trazar cómo circula el saber, cómo se estabiliza y qué relaciones lo hacen posible. Lo que resuena con nuestra intención de rescatar esa inteligencia colectiva del corazón de la práctica dentro de las organizaciones.

En el marco de la teoría del actor-red, estos ensamblajes son frágiles, dinámicos y constantemente renegociados. Por eso, Latour defiende que la inteligencia colectiva no es un estado fijo, sino un proceso continuo de composición, donde lo relevante es mantener abiertos los canales de conexión y reconocer la pluralidad de contribuyentes, incluidos aquellos actores habitualmente excluidos de la narrativa científica o institucional. En definitiva, rescatamos de este enfoque el valor epistémico y político de las interacciones, señalando que el conocimiento más eficaz es aquel que logra articular una mayor variedad de voces, materiales y perspectivas en red.

… Latour defiende que la inteligencia colectiva no es un estado fijo, sino un proceso continuo de composición, donde lo relevante es mantener abiertos los canales de conexión y reconocer la pluralidad de contribuyentes …

Por su parte, otro autor que queremos traer a esta definición es Boaventura de Sousa Santos, quien introduce el concepto de “ecología de saberes” (2010), como una crítica al monopolio o supremacía del saber científico y hace una defensa de los conocimientos populares, tradicionales y subalternos. En obras como La universidad en el siglo XXI (2007) y Epistemología del Sur (2010), Santos propone una inteligencia colectiva que no solo se basa en la conectividad o la red de actores, sino en el reconocimiento mutuo entre formas distintas de saber. Su propuesta resalta la dimensión política de la inteligencia colectiva: no basta con articular conocimientos, hay que garantizar que todas las voces sean escuchadas y valoradas de manera horizontal.

Finalmente, otros autores aportan luces como Pierre Lévy (1994), señalando que la inteligencia colectiva es la capacidad distribuida de una comunidad para coordinarse, pensar, crear y resolver problemas en conjunto. Lo que nos lleva a valorizar la interacción en el centro de la generación de conocimiento; y por su parte, el sociólogo español Antonio Lafuente (2012) profundiza esta visión afirmando que este tipo de conocimiento compartido surge de los márgenes y se alimenta de la diversidad, la escucha y la colaboración. Estas dos definiciones resaltan el carácter vivencial y la experiencia como motor de la generación de la Inteligencia Colectiva, no basta con qué circule en el ciber espacio, debe construirse en la interacción presencial, humana, racional y emocional, consciente y cotidiana.

2. El conocimiento que emerge de la interacción social

A partir de estas perspectivas teóricas, es posible establecer un primer argumento central: la inteligencia colectiva es una propiedad emergente de la interacción social. No se trata de sumar inteligencias individuales o de conocimientos que circulan de manera masificada en las redes, sino de algo cualitativamente distinto que aparece cuando las condiciones para el diálogo, la colaboración y la reciprocidad están dadas. En grupos humanos -organizaciones, comunidades, equipos de trabajo, movimientos sociales- se genera a través de la interacción personal y no a través de las redes virtuales, tiene una capacidad de aprender, crear y resolver problemas que supera las posibilidades individuales.

Este tipo de inteligencia se manifiesta de formas diversas: desde la solución conjunta de un problema técnico, o las negociaciones que día a día se producen en equipos de trabajo, hasta la creación de un nuevo relato colectivo sobre la realidad. En muchos casos se articula en prácticas cotidianas que no son formalmente reconocidas como “conocimiento”, pero que implican habilidades, estrategias y saberes construidos colaborativamente. Las redes barriales, los colectivos ciudadanos, los espacios escolares, los grupos de trabajo en empresas sociales o corporativas, son contextos donde esta inteligencia se activa, particularmente cuando se promueven valores como la confianza, la escucha y el cuidado mutuo. Por ello en FACTOR ORG, consideramos que esta inteligencia es la base de la transformación de los procesos, el crecimiento y la eficacia organizacional.

El segundo argumento tiene que ver con la naturaleza implícita, a veces invisible, de esta inteligencia colectiva. Gran parte del conocimiento que circula y se produce en las organizaciones y grupos no está formalizado ni documentado. Es conocimiento tácito, experiencial, que se transmite en la acción compartida, en las conversaciones informales, en los gestos y en los silencios. Como han señalado teóricos de la práctica como Etienne Wenger (1998), las comunidades de práctica desarrollan repertorios de acción que son profundamente significativos, pero que muchas veces quedan fuera de los registros oficiales.

Este conocimiento implícito no solo existe: es eficaz, y muchas veces constituye la base del funcionamiento real de las organizaciones. Ignorarlo implica empobrecer la comprensión de los procesos y perder oportunidades de mejora. Visibilizar esta inteligencia colectiva requiere metodologías que partan de la etnografía, la observación participante y la sistematización de experiencias, tal como lo proponemos en FACTOR ORG. Requiere también una actitud de respeto hacia los saberes cotidianos y una voluntad de aprender desde la diversidad.

3. Interconectados pero aislados: el reto de rescatar la inteligencia colectiva

Como hemos señalado, abordar el concepto de Inteligencia colectiva nos confronta a una paradoja contemporánea: vivimos en sociedades hiperconectadas tecnológicamente, pero crecientemente desconectadas desde el punto de vista del sentido compartido. Cada vez más, las personas habitan burbujas cognitivas, alimentadas por algoritmos que refuerzan las propias creencias y dificultan el encuentro con la diferencia. En este contexto, el rescate de formas de inteligencia colectiva no es solo una opción deseable: es una necesidad urgente para el sostenimiento de la democracia, la justicia social y la sostenibilidad.

La inteligencia colectiva, tal como la planteamos en FACTOR ORG, implica articular diferencias, dialogar desde la diversidad, crear puntos de encuentro entre saberes. Es un antídoto contra la fragmentación, pero también contra la tecnocratización excesiva de los procesos sociales. Recuperar estos espacios de inteligencia compartida en las organizaciones, en los barrios, en las instituciones, supone asumir que el conocimiento no está solo en los expertos, sino también en la calle, en la escuela, en las redes afectivas.

Una de las condiciones fundamentales para que la inteligencia colectiva se desarrolle es la comunicación. En este punto, es oportuno recuperar el aporte del filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, quien en su Teoría de la acción comunicativa (2003) plantea que la racionalidad no se agota en la técnica ni en lo instrumental, sino que también existe una racionalidad intersubjetiva, construida en el diálogo. Para Habermas, la acción comunicativa es aquella en la que los participantes buscan el entendimiento mutuo, y no solo la eficacia. Este tipo de comunicación genera vínculos, crea confianza, y abre espacios para el acuerdo incluso en medio del conflicto. La inteligencia colectiva requiere este tipo de interacción: no se construye en la imposición, ni en el monólogo, sino en el reconocimiento del otro como interlocutor válido.

Conclusiones: construir redes de escucha, de saber y de acción

La inteligencia colectiva es entonces, una posibilidad real que emerge cuando las personas se relacionan desde la escucha, el respeto y el deseo de transformar colectivamente su realidad. Las perspectivas de Castells, Latour y Santos nos permiten entender que esta inteligencia no es espontánea ni automática: requiere condiciones, requiere redes, requiere una voluntad de encuentro.

En tiempos donde proliferan la desinformación, la polarización y el individualismo, promover formas de inteligencia colectiva se vuelve un acto político y pedagógico. Implica reconocer que todos y todas sabemos algo, y que solo juntos podemos saber más o por lo menos generar mejores y nuevos resultados. Implica también crear espacios y métodos para que ese saber compartido se exprese, se documente, se use.

Las organizaciones que apuestan por esta inteligencia colectiva ganan en creatividad, resiliencia, legitimidad eficacia y eficiencia. Por eso, es necesario seguir investigando, sistematizando y valorando estos procesos y por ello las organizaciones deben apostarles a estos procesos de conocerse a sí mismas, indagar hacia dentro sobre qué es lo que verdaderamente saben, lo que agrega valor, lo que constituye su éxito y sus dificultades y cómo pueden potenciar eso que saben. Y sobre todo, es necesario seguir creando condiciones para que el diálogo sea posible: porque sin comunicación, sin escucha, sin reconocimiento, no hay inteligencia que valga. Nuestra humilde ambición desde FACTOR ORG es contribuir a la creación de estos espacios y estos métodos, basándonos en técnicas de observación etnográfica, diálogo de saberes y escucha comprensiva para que todo tipo de organizaciones pueda abrir estos espacios de escucha y construcción que agregan valor al que hacer cotidiano y al cumplimiento de sus objetivos y valores.

Para resumir nuestra definición de Inteligencia Colectiva sería:

La inteligencia colectiva

Es una capacidad emergente que se manifiesta cuando grupos humanos interactúan desde la escucha, el respeto y la colaboración, articulando saberes diversos —tanto formales como experienciales— para crear, aprender y resolver problemas de manera conjunta.

No se trata de una simple suma de conocimientos individuales, ni de la circulación masiva de información, sino de un proceso dinámico, situado y relacional, que requiere condiciones sociales, metodológicas y comunicativas para que florezca. Este tipo de inteligencia se activa en redes humanas reales —organizaciones, comunidades, equipos— donde se valora el conocimiento tácito, se reconocen múltiples voces y se construye sentido compartido.

Referencias

  • Castells, M. (1999). La era de la información: economía, sociedad y cultura (Vol. 1). Siglo xxi.
  • De Sousa Santos, B. (2007). La universidad en el siglo XXI. Para una reforma democrática y emancipatoria de la universidad1.
  • Do Sousa Santos, B. (2010). Refundación del Estado en América Latina: perspectivas desde una epistemología del Sur. Editorial Abya-Yala.
  • Habermas, J. (2003). La acción comunicativa I y II. Bogotá: Taurus.
  • Lafuente, A. (2012). Las dos orillas de la ciencia. La traza pública e imperial de la Ilustración española. Marcial Pons. 
  • Latour, B. (2005). Reassembling the social: An introduction to actor-network-theory. Oxford university press.
  • Lévy, P. (2013). L’intelligence collective: pour une anthropologie du cyberespace. La découverte.
  • Wenger, E. (1998). Communities of practice: Learning as a social system. Systems thinker9(5), 2-3.
Autora
Nadia Margarita
Rodríguez
Antropóloga, Fundadora de Factor ORG y editora de la revista Historias del Barrio.
Antropóloga, Doctora en Ciencias Sociales de lo Contemporáneo. 20 años de experiencia en docencia, investigación y consultoría. Especialista en diseño de proyectos sociales con comunidades vulnerables en Costa Rica, Colombia, Ecuador y España.
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Etiquetas: Definición, Definición Inteligencia Colectiva, Inteligencia Colectiva, Sociología
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