Cuando acepté la propuesta de editar la revista Historias del Barrio, no imaginaba que terminaría siendo también parte de su historia. Este proyecto, impulsado desde el Club Unesco de Córdoba (CUCO), con el apoyo de la Delegación de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Córdoba y el valioso respaldo de empresas privadas, nació con la intención de dar voz a quienes habitan el Polígono del Guadalquivir.
Soy extranjera, y eso pesa cuando entras en un territorio con una historia y una identidad intensa como la del barrio. Sin embargo, desde el primer día entendí que no bastaba con observar: había que sumergirse, dejarse atravesar por los relatos, caminar sus calles e intentar hacer parte. La verdad es que no fue difícil por la calidez de los espacios descubiertos y la apertura para emprender un trabajo etnográfico, que para mí no es solo una técnica aprendida, es una forma de observar el mundo, con ojos de curiosidad, sin perder el interés y asombro por todo y con los sentidos y la mente abiertos.
El barrio del Polígono del Guadalquivir tiene una historia compleja, marcada por desigualdades, sí, pero también por una riqueza humana y comunitaria que desborda. Aquí, las redes importan: las formales, como las asociaciones, los centros educativos; pero también las invisibles, pero palpables, basadas a veces en la confianza, la resistencia y el afecto.
Gracias a la revista he tenido el privilegio de entrevistar a muchas personas. Personas que me han regalado su tiempo, su voz y, sobre todo, sus vivencias. He descubierto trayectorias de vida interesantes, marcadas por el asociativismo, la creatividad, el compromiso y la alegría. Me ha sorprendido la generosidad con la que la gente comparte lo que ha vivido y lo que sueña. En cada entrevista he sentido que se abría una ventana íntima, y que lo que allí se decía tenía un peso profundo y arraigado.
Sin embargo, desde el primer día entendí que no bastaba con observar: había que sumergirse, dejarse atravesar por los relatos, caminar sus calles e intentar hacer parte.
Este proceso no hubiera sido posible sin quienes me han acogido con los brazos abiertos. He tenido la suerte de cruzarme con Floren, Mariví, Mavi, Roxana, Laura, Azahara, Ester y Ena. Cada uno me ha mostrado una cara del Polígono: la de las mujeres, los gitanos, los migrantes, los trabajadores y activistas; y me han enseñado a mirar con otros ojos, a entender que el compromiso social aquí es una práctica cotidiana.
La experiencia me ha permitido también participar como voluntaria en diversas actividades que me han llenado de alegría. Las salidas con niños, los juegos al aire libre, y en especial las sesiones con los pequeños de infantil (3, 4 y 5 años) en el marco del proyecto Aula2030, coordinado también por CUCO y animado con entrega por Roxana, líder del proyecto. Son instantes que atesoro. Además, acompañar a la AMPA del CEIP Jerónimo Luis de Cabrera, que ha sido mucho más que una tarea, ha sido un espacio de amistad, escucha, cuidados y comunidad entre madres, educadores y vecinos.
Una actividad que he compartido en esta incursión en el barrio es la del grupo “Cuidados a quien cuida”, dinamizada por Floren, educador social del distrito. Se trata de un espacio de conexión y autocuidado a través de deportes en la naturaleza, donde participan madres, docentes, orientadores, personal técnico y miembros de ONGs del barrio. En este contexto, se construyen vínculos distintos, donde el trabajo no es el centro, sino el encuentro. Floren lo define como una experiencia “de reconstrucción, donde se libera tensión y se cultivan otras formas de estar juntos”. Es un ejemplo vivo de cómo la salud emocional colectiva también se cuida desde la experiencia compartida.
Fotos del distrito en la actualidad. Fotos de la plaza conocida por los vecinos como Plaza de la Red de Igualdad Distrito Sur.
En este entramado de relaciones, afectos y cooperación cotidiana, encontramos un claro ejemplo de lo que desde la sociología y la antropología organizacional se conoce como inteligencia colectiva. Concepto sobre el cual, desde FACTOR ORG, estamos construyendo prácticas y proyectos. Para autores como Pierre Lévy (1994), la inteligencia colectiva es la capacidad distribuida de una comunidad para coordinarse, pensar, crear y resolver problemas en conjunto. Lo que nos lleva a valorizar la interacción en el centro de la generación de conocimiento; y por su parte, el sociólogo español Antonio Lafuente (2012), complementa esta definición afirmando que este tipo de conocimiento compartido surge de los márgenes y se alimenta de la diversidad, la escucha y la colaboración. Es exactamente lo que, en la práctica, hemos podido observar y palpar a través del trabajo de campo en el Barrio.
De esta forma, Historias del Barrio no es solo una publicación. Es una declaración de principios: creemos que cada vida merece ser contada, que cada testimonio es una semilla de cambio, y que visibilizar lo que pasa, la vida cotidiana del barrio, es una tarea no sólo valiosa, sino primordial para narrarnos a nosotros mismos y fortalecer nuestra identidad dentro de la diversidad y la convivencia.
Esta experiencia ha sido, para mí, una escuela de humanidad. He aprendido que hacer antropología en un barrio como el Polígono del Guadalquivir es, ante todo, un ejercicio de humildad, escucha, de dejarse guiar y aprender. Y hoy, con emoción y gratitud, me siento parte de esta red que no deja de crecer.
En un mundo hiperconectado, pero paradójicamente fracturado en burbujas de saberes aislados, el barrio ofrece una lección imprescindible: cuando hay diálogo auténtico, cuando se comparte el cuidado, cuando se genera confianza, emerge una forma de conocimiento social que no se puede prever ni planificar del todo, pero que transforma. La inteligencia colectiva que aquí se construye no está escrita en manuales ni en protocolos, pero está viva y es dinámica. Es práctica, cotidiana y profundamente humana.




